Fiestas de Vilalba: El San Ramón de 1926 en La Habana

Por Moncho Paz
San Ramón de 1926 sorprendió a La Habana en uno de esos días en los que la ciudad parece avanzar a dos tiempos: el de la modernización acelerada y el de la tensión política que se respiraba en cantinas y cafés, reflejada en las noticias de la prensa y también en las viñetas satíricas. Contaba el Chavito que aquel 31 de agosto, mi abuelo Mario Xosé se preparaba para una jornada poco común, pues debía asumir la responsabilidad de coordinar el menú de la recepción oficial ofrecida al diplomático español Francisco Gutiérrez de Agüera, quien presentaba sus cartas credenciales ante Gerardo Machado, convirtiéndose en el primer embajador extraordinario y plenipotenciario de España en Cuba. El almuerzo, elaborado según el protocolo francés y enriquecido con productos criollos, incluía caldo real de ave, pescado blanco con mantequilla y alcaparras, solomillo de res en reducción de vino tinto, ensalada de temporada y un postre de crema de chocolate con piña fresca. El brindis final entre Machado y Gutiérrez de Agüera selló una nueva etapa en las relaciones bilaterales.
La celebración familiar de San Ramón quedaba aplazada para el día siguiente, junto a la hermana de mi abuelo, María Xosefa, y a su marido, Generoso Yáñez Balsa, figura destacada de las sociedades de instrucción y recreo de la diáspora chairega. Miembro de la junta directiva de la Liga Santaballesa de La Habana, Yáñez Balsa participaba activamente en las iniciativas destinadas a combatir el analfabetismo y a impulsar, desde Cuba, la creación de una escuela en su parroquia natal, Santaballa, que había sido inaugurada en 1916. En la isla caribeña, las romerías tenían lugar en espacios abiertos que recreaban el ambiente de las fiestas tradicionales. Los jardines de las cervecerías La Tropical y La Polar, junto al río Almendares, se convertían cada año en los escenarios principales. La música corría a cargo de gaiteros, orfeones y masas corales formadas por emigrantes gallegos, como la Sociedad Coral Ecos de Galicia, la Banda de Gaitas del Centro Gallego o el grupo Airiños d’a Miña Terra. Para la sesión de la tarde se contrataban las orquestas más populares de la capital, que mezclaban danzones, sones, boleros, pasodobles y rumbas, convirtiendo aquellas romerías en auténticos encuentros sociales donde la juventud habanera y gallega compartía música, baile e identidad.
La Habana de 1926 era una ciudad en transformación. Machado impulsaba obras singulares como la Carretera Central y la ampliación de los tranvías, mientras la crítica social encontraba refugio en la historieta. La revista La Semana, que mi abuelo recibía puntualmente, estrenaba aquel año el personaje satírico El Bobo, creado por el reconocido ilustrador Eduardo Abela: un dibujo de humor picaresco, trazo realista y falsa inocencia, concebido para esquivar la censura y representar la voz popular frente al régimen autoritario. Su aparición coincidió con un momento de profunda efervescencia editorial, en el que periódicos y revistas buscaban nuevas formas de contar lo que sucedía en una urbe en constante movimiento.
Por esas mismas fechas, en la localidad de Birán, perteneciente a la antigua provincia de Oriente, nacía Fidel Castro Ruz, en el seno de una familia adinerada que se dedicaba a la actividad agrícola. Era el segundo hijo del inmigrante gallego Ángel Castro Argiz, natural de Láncara (Lugo), y de la cubana de origen canario Lina Ruz González. Aquel niño, que llegaba al mundo en el mismo mes en que mi abuelo servía un almuerzo diplomático en el palacio presidencial, acabaría rigiendo el destino de Cuba durante décadas.
Mario Xosé llevaba en La Habana desde 1922, coincidiendo con un momento de fuerte expansión económica e intensa actividad migratoria gallega. Fijó su residencia con los parientes de Vilalba, residentes en el distrito de Centro Habana, y se integró rápidamente en la comunidad de paisanos que frecuentaban el Centro Gallego y otras sociedades recreativas. Trabajó como estibador en el puerto, después en la tintorería familiar y finalmente en el ámbito de la restauración, controlado por emigrantes peninsulares de distinta procedencia. Su habilidad organizativa en banquetes y eventos de todo tipo lo llevó hasta los fogones del palacio presidencial, donde con el tiempo ascendería a jefe de cocina.
Mientras la ciudad se modernizaba a diario, Mario Xosé seguía con curiosidad la actualidad del momento a través de los periódicos y otras publicaciones. Participaba en romerías, actos culturales e iniciativas benéficas de la comunidad gallega, manteniendo siempre un estrecho vínculo con su tierra natal. Su círculo habitual mezclaba gallegos, criollos y europeos en un ambiente cosmopolita típico de la Habana de los años veinte. La disciplina en el trabajo y su capacidad para adaptarse al ritmo urbano lo convirtieron en una persona bien considerada entre colegas y clientes. La vida cultural —teatros, música y actividad política— completaba su tiempo de ocio en una Habana vibrante que lo acogió hasta su regreso definitivo a Vilalba en 1933, cuando se reencontró con una Terra Chá que mantenía viva la tradición rural agrícola y ganadera, mientras recibía las primeras señales de modernidad. Poco después de casarse con María Guntín, la pareja tuvo la oportunidad de volver a Cuba, pero decidieron quedarse en la villa tras el nacimiento del hijo primogénito en 1935, al que también llamaron Mario. Después vinieron Cándido (1937) y Ramón (1938), mi padre, conocido por todos como Chavito. Lo que sucedió en los años siguientes es otra historia, que aparece recogida en las crónicas de la Casa dos Marios, publicadas en su día en TerraChaXa y ampliadas posteriormente como parte del proyecto «O Mundo do Chavito», impulsado desde la Asociación Cultural Amigos de Prisciliano.